Silvia Gutiérrez Prieto

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Tengo un trauma

Publicado el: 21/05/2019
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Sucede que, a lo largo de nuestra vida nos van sucediendo diversos acontecimientos tanto agradables como desagradables, aunque no todos ellos nos afectan de la misma forma ni en la misma intensidad que otras personas.

Ahora bien, cuando vivimos un suceso que nos resulta traumático y que nos hace sentir emociones desagradables y muy intensas (miedo, rabia, culpa, tristeza, estrés…), el procesamiento de tal hecho puede que no funcione correctamente y quede bloqueado en nuestra memoria.

No obstante, nuestro sistema se dedica a superar problemas.

Estamos programados para la supervivencia no sólo física, sino también emocional. Cuando estamos pasando por una situación difícil y no podemos resolverla con los medios que disponemos, trataremos de “salir del paso”. La supervivencia pasa a ser lo prioritario, y nos movemos a nivel de reacciones instintivas. La mayor parte de este procesamiento se produce de forma automática y lo es más cuando estamos ante situaciones en la que percibimos una amenaza, porque no hay tiempo para analizar o no nos hemos parado a ello.

 

Cuando nos hacemos daño muchas veces, no nos damos cuenta en el momento, sino cuando más tarde paramos y redirigimos la atención para observar cómo nos encontramos.

 

Vamos a parar por un instante. Permite un momento a tu mente para que pueda recorrer por unos instantes tu historia de vida, tu infancia, tu adolescencia, hasta tu ahora. Puede suceder que de pronto recuerdes un incidente humillante o perturbador y descubras que aún surge de manera automática la influencia de las emociones o pensamientos que experimentaste en aquel momento. Es posible que el cuerpo aún ser sobresalte.

Ese evento fácilmente localizable puede haber generado emociones, creencias y/o sensaciones físicas perturbadoras en el presente que han podido afectar negativamente a tu autoestima, seguridad, gestión emocional, relaciones sociales, familiares y personales, habilidades sociales, etc. De alguna forma, aquello que sucedió no fue almacenado de una forma adaptativa a tu memoria y el recuerdo del suceso aún guarda percepciones y pensamientos que florecieron durante ese suceso arrastrándose de una forma consciente e inconsciente a lo largo de tu vida.

Quizá la situación termine y en más o menos tiempo nos sintamos mejor, pero ese recuerdo no ha quedado bien archivado. Sigue sin asimilarse del todo. Sigue sin ser digerido.

A esto llamamos trauma, palabra que deriva del griego y significa “herida”. El trauma es una “herida psicológica” que puede ser provocada por experiencias adversas. Estas experiencias no sólo son grandes desastres naturales o aquellos causados por el hombre, como guerras, accidentes, abusos, palizas etc.

 

Trauma también puede definirse como una emoción o impresión negativa fuerte que sufre el cerebro de la persona cuando lo vive y que produce un daño duradero.

 

En este sentido, existe otra categoría de traumas tiene su origen con hechos que habitualmente le concedemos poca importancia y que suelen ser más frecuentes y repetidos en la infancia, como, por ejemplo: desprotección, humillación, desapego, abandonos, separaciones, etc. y que pueden llegar a provocarnos angustia, miedo, vacío o tristeza.

Sin embargo, la importancia del trauma no determina la calidad del daño que éste produce, sino de lo que representa para nosotros, haciendo que el bloqueo sea más potente. Puede ser tan dañino un “accidente” como un “abandono”, porque sus efectos dependerán de cada persona, de su historia, de las veces que se repitió, de la edad que tenía de la protección que vivió de pequeño.

Si nuestra forma de regular las emociones no esté bien afinada, puede influir en cómo procesamos y almacenados nuestros recuerdos. Las experiencias antiguas no procesadas no sólo siguen influyendo, sino que interfieren de modo muy poderoso en lo que vivimos en el presente.

Cuanto menor es nuestra conciencia sobre lo sucedido y la importancia que tuvo, más grande es su repercusión.

Por ejemplo, tratar de no pensar en ello, evitar cada vez que sale el tema o querer enterrarlo en el olvido, nos puede permitir seguir funcionando, parcheando la situación puntualmente hasta el momento en el que nos veamos sobrepasados y nuestro sistema nervioso se colapse por el acúmulo de tensión. Es como si saltasen los plomos con una sobrecarga de corriente eléctrica.

La persistencia de esos recuerdos no superados es proporcional a nuestra fobia de volver a ellos. Cuanto más tratamos en seguir adelante, más parece volver todo de nuevo.

Hay 3 factores que influyen en el impacto de un evento traumático en la infancia:

  1. Edad que tenía la persona cuando se produjo ese evento
  2. Gravedad y frecuencia con la que se producía
  3. Recursos que en aquel momento tenía el niño, por ejemplo, las figuras de apego que le protegían, que le dieron información adecuada a su edad y le facilitaron la expresión emocional

El trauma, no importa su origen, afecta de tal manera a la salud, la seguridad y el bienestar de la persona, que ésta puede llegar a desarrollar creencias falsas y destructivas de sí misma y del mundo.

 

Lo cierto es que, si no nos paramos en ningún momento a curar nuestras heridas, continuarán abiertas y el dolor quedará dentro de nosotros para siempre.

 

A través de la aplicación de EMDR podemos tener acceso al trauma. La técnica EMDR es el modo de acceder a los recuerdos traumáticos utilizando el mismo sistema de procesamiento que utiliza el cerebro para aprender. Esto facilita la conexión entre los dos hemisferios cerebrales logrando el procesamiento de la información y la disminución de la carga emocional.

Cuando un suceso ha sido procesado debidamente, podemos recordarlo sin experimentar viejas emociones o sensaciones en el presente. Podemos acceder a esa información sin sentir miedo, angustia, terror, bloqueo, inseguridad, etc.

EMDR ayudar a nuestro cerebro dándole la oportunidad de poder hacer lo que no pudo hacer la primera vez.

 

“El hecho de superar el trauma y volverse bello pese a todo, no tiene nada que ver con la invulnerabilidad ni con el éxito social”. Extracto del libro “Los patitos feos" (2001), Boris Cyrulnik.

 

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